28 feb. 2013

Yo podría haber sido una leyenda


El papel de padre y esposo supone una serie de renuncias. Sin Ellos, mi vida sería mucho menos aburrida, porque dedicaría todo mi tiempo a proyectos apasionantes.

Por ejemplo, podría haber sido piloto de competición. No digo de Fórmula 1, que es muy esclavo, pero existen un montón de campeonatos menores en los que participaría si pudiese dedicar mi vida a viajar de carrera en carrera, compartiendo caravana con 3 o 4 mecánicos.

Hacer documentales de naturaleza. Me quedo embobao viendo los documentales de animales en la tele, y si no tuviese una familia que atender, me iría con un equipo de grabación a pasar meses en las montañas, siguiendo pacientemente los pasos de un oso o de un puma, para poder filmarles y estudiar su comportamiento.

Rockero. Nunca aparecería en las listas de éxitos porque soy muy malo con la guitarra y además me gusta el rock añejo, el que apenas se distingue del blues por el color de sus intérpretes. Pero tocaría con una banda de descerebrados en garitos y festivales retro.

O podría haberme convertido en escritor maldito, en monitor de ski, en tertuliano, o simplemente en un jeta que vive del cuento.

Suena bien, ¿verdad? Pues es mentira. Pa qué engañarnos, el proyecto de lo que soy estaba definido antes incluso de que llegaran los niños y la madre que los parió. Quiere esto decir que, cuando todavía podía elegir, tomé la misma dirección en la que voy. Y si hay cosas que no hago tanto como me gustaría, o que no he podido hacer aún, no es culpa del tiempo que me roba la familia, sino de las circunstancias propias de la vida (vamos, que no soy millonario).

Con hijos o sin ellos, no estaba en mis planes dar la vuelta al mundo en globo o retirarme a una isla del Pacífico a vivir del surf. Es así.

Pero eso no quiere decir que no haya renuncias. Al contrario, las hay. Cosas aparentemente menores, insignificantes, pero que se conviertenen en mis esclavitudes cotidianas. Son estas:

- El “¿qué haces?” cada vez que desaparezco 5 minutos de la escena.
- No poder ir directamente del coche a la cama, cuando llegamos tarde un sábado (coger a los críos, desvestirles, meterles en la cama…).
- No poder sentarme en el water con un libro o una revista más de 3 minutos sin que nadie me interrumpa.
- Beber latas de “33 cl, menos un sorbo”.
- Y vivir con la permanente obsesión de que dos personas se laven los dientes.

Eso.

* La foto y el título del post pertenecen a una de las tantas secuencias gloriosas de Amanece que no es poco.

4 comentarios:

  1. Gon, El McQueen de Castiello28 de febrero de 2013, 15:24

    Muy bueno, muy cierto, que razón...

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  2. Me identifico muchísimo con todo. Eso de llegar agotado a casa y decir: hoy ni ceno, al sofá tranquilamente y hasta la hora de ir para la cama. Esas pequeñas cosas son a las que realmente más duele renunciar! Menos un sorbo :P

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    1. Miremos al futuro con la ilusión de recuperar algún día esos grados de libertad.

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