29 abr. 2013

La primera vez.

Recuerdo la primera vez que escuché en la radio una cuña que había redactado yo. Fue hace muuuchos años. Por aquel entonces hacía prácticas en una empresa (chiringuito, despacho) que editaba una extinta guía de ocio madrileño, que acompañaba a un extinto diario nacional, en su edición local.

Tenían un acuerdo con Cadena 100 por el se que intercambiaban publi entre sí: nosotros sacábamos una página en la guía, y ellos nos emitían unas cuñas. Eran ese tipo de cuñas que ni siquiera había que producir, bastaba con enviar los textos encajados en 20" al fax de la emisora (ya os dije que hace muuuucho),  y un locutor de la cadena las grababa con el mismo tono monótono que el resto de textos que le llegaban, fuesen para anunciar una discoteca poligonera, o una tienda de muebles (también poligonera).

Como os podéis imaginar, al resto de compañeros que trabajaban allí se la traían al fresco las cuñas. Yo, en cambio, era un joven ilusionado que trabajaba sin cobrar, así que me las encargaron, como el que le tira los restos de comida a las gallinas.

Pues recuerdo perfectamente la primera vez que escuché la primera de esas cuñas en la radio.

Iba precisamente en un autobús municipal camino del curro (o volvía, ya no recuerdo), cuando reconocí el texto locutado sonando de fondo. De repente me entró un ataque de vergüenza que no os podéis imaginar y que no puedo explicar. Era como si me hubiera quedado en pelota en medio del autobús, y todo el mundo estuviera señalándome y comentando lo encogido que tenía el pito. Traté de taparme la cara, ocultarme, hacerme pequeño, quería bajarme y desaparecer.

Por supuesto, la gente que iba en el bus no estaba pendiente de los anuncios de la radio, ni mucho menos podían saber que yo había redactado el texto. Y aún habiéndolo sabido,  todo aquello les hubiera importado un bledo. Pero qué queréis. Era mi primera "exposición" pública.

Evidentemente, después de varios años dedicado a la publicidad no queda ni rastro de aquel absurdo pudor.

Pero mañana va a ser diferente. Los textos que salen a la calle no son anónimos, ni puedo descargar responsabilidades en un briefing que no he redactado yo. El libro que mañana estará repartido por toda España lleva mi nombre impreso a cuerpo cuarentaytantos (como mínimo) en la portada, y mi foto y mi biografía en la solapa.

Así que recordando mi ridícula reacción de aquella primera vez, no sé si a partir de mañana voy a atreverme a entrar en un Corte Inglés o en la FNAC, como no sea disfrazado de batman, para no sentirme observado.


25 abr. 2013

Más bajo no se puede caer: una crítica feroz a la industria editorial.

Cualquiera puede publicar un libro, o lo que es lo mismo: le publican un libro a cualquiera. Es duro decirlo, pero es así.

Antes los libros los publicaban sólo los ESCRITORES, con mayúsculas. Los ESCRITORES son personas de otro nivel. Un ESCRITOR es capaz de inventarse una historia y contártela como si la hubiera vivido, y de paso, hacértela vivir a ti con más detalles, matices y emociones de las que probablemente jamás experimentarás en tu propia vida.

Cualquier persona normal como tú o como yo está más cerca de parecerse a un faquir de los que comen acero incandescente, o a un campeón de triatlón, que a un ESCRITOR.

La inteligencia, sensibilidad y capacidades de un ESCRITOR son de otro nivel, están en otra galaxia, juegan en otra liga, son harina de otro costal… no sé si me explico.

Además de los ESCRITORES, también estaban acreditados para publicar libros los eruditos y especialistas en algún tema, personas que consagran sus vidas al conocimiento de alguna materia y saben por ello más que nadie.

Pero claro, tanta creatividad, emoción y erudición desentona con el resto del universo.

Y entonces las editoriales empezaron a lanzar libros de cualquier cosa y cualquiera podía publicar un libro. Al principio bastaba con tener cierta fama, aunque fuera como futbolista. Pero la cosa ha ido degenerando y ahora es suficiente con haber salido una vez en la tele, o con ser el primero en convertir una majadería en teoría, o con tener un título provocador, o un blog, o el morro para autoadjudicarse el papel de experto en una corriente surgida ayer por la tarde, antes de que se olvide mañana por la mañana.

Ahora cualquiera que sepa juntar letras puede publicar un libro. Y ni siquiera eso es condición indispensable, que para eso están los correctores. Esto es un desmán, un cachondeo, un sindios, el acabose, una tomadura de pelo.

La industria editorial ha perdido el orgullo y se ha sumergido sin pudor en el fango de la mediocridad.

Pero cuando creía que habían tocado fondo, cuando pensaba que las editoriales no podían humillarse más y que ya no se podía publicar nada peor, entonces ocurre algo que demuestra que siempre se puede caer más bajo: amigos, ¡¡la Editorial Planeta me ha publicado un libro!!
 
PADRES NO ÑOÑOS
A LA VENTA A PARTIR DEL 30 DE ABRIL EN LAS MEJORES LIBRERÍAS.
NO TE QUEDES SIN EL TUYO
(Y por supuesto, todo lo anterior del post es broma…).


¿A que no consigues leer este post sin rascarte ni una vez la cabeza?

El otro día acudí a mi primer evento como mamá bloguera. Sé que estaréis pensando “Ata, pero si eres un tío”, y es que siempre os quedáis en la anécdota. Me recordáis a algunos clientes de la agencia, que cuando les presentabas una campaña con una propuesta novedosa, original, rompedora y sorprendente, decían:

- No entiendo porque en el texto legal pone…

¿Que por qué poníamos textos legales en los bocetos? Joder, vaya día me estáis dando (así no empezamos nunca); pues yo que sé, a veces era por puro hábito, o porque empezábamos trabajando sobre un boceto de una campaña anterior, o para hacernos una idea más aproximada de cómo quedaría realmente el resultado final. Pero a lo que vamos, lo de menos era el texto legal, que además solía ser ficticio, lo importante era la campaña.

De igual forma, lo de menos es lo de mamá bloguera, y lo importante es que era mi primer evento.

Quizás tendría más sentido dudar de si realmente se me puede considerar un bloguero. ¿Qué es un bloguero? me preguntas mientras clavas tu pupila en la pantalla azul.

Al grano, o al piojo, que me desvío: me invitaron a una charla para conocer un nuevo Pediculicida (llámase así en argot científico, a la loción, champú, pomada o bebedizo cuya finalidad es la de matar piojos). Tras recibir la invitación lo primero que me surgieron fueron picores, y lo segundo dudas. Soy nuevo en estas lides y mi sentido tradicional de la cortesía me decía que si aceptaba la invitación, luego tendría que hablar bien sobre el producto en este (llamémosle blog) blog.

Creedme que me rasqué y me comí mucho la cabeza con la tontería. Qué hago, ¿voy, no voy?, ¿debo rechazar la invitación?, ¿por qué? ¿por qué no? Quería ir, pero me sentía como si estuviera a punto de participar en algo sucio, miraba las fotos de Bárcenas en las portadas de la prensa y pensaba: ¡yo no soy como tú!

Hasta que por fin tuve un rayo de lucidez, uno de esos que simplifican las cosas y que me hizo ver que cualquiera que tenga algo que ofrecer (empezando por mí), debe tener también la oportunidad de presentárselo a los demás, y una presentación a blogueros es una forma muy sana de hacerlo, ¿o es que sólo van a poder vender cosas las multinacionales con medios para hacer campañas en medios (valga la redundancia)? “Ata, no es eso lo que tú quieres, ¿verdad?”.

Así que fui, y me alegro porque aprendí cosas. La primera ya os la he dicho: Pediculicida. La segunda es la respuesta a una pregunta que no me había llegado a hacer, pero que estaba a punto de hacerme: ¿por qué coño estos niños tienen tantos piojos?, ¿por qué estamos cada dos por tres con los puñeteros bichos y sus dichosas liendres? No recuerdo que en mi época fuera así. Ahora, a cada poco ponen un aviso en el cole, o manda un What´s Up la mamá de fulanito anunciando su presencia. Y no sólo es que haya muchos y persistentes, es que además aparecen donde menos te lo esperas: por ejemplo, en Suecia.

Sí, mis hijos cogieron piojos en Suecia.

Suecia es un país con el que tengo una relación estrecha. Al principio me fascinaba todo lo de allí, quizá porque comulgo poco con el arquetípico espíritu latino. Con el tiempo y el conocimiento, esa fascinación se fue moderando. He ido desmitificando a Suecia y los suecos hasta ponerlos en su justa medida y valor, pero lo que jamás hubiera imaginado es que tuvieran piojos. Ellos no.

Creo que me he vuelto a ir del tema, así que retomo. Decía que estaba a punto de preguntarme por qué ahora los piojos dan tanto la lata, y la respuesta parece ser que se han hecho inmunes a los tratamientos. Según estudios que obviamente no me he leído, pero que no pongo en duda, los piojos se han hecho resistentes a la permetrina, que es el insecticida más utilizado (resulta también que la permetrina es tóxica, y ya está prohibida en muchos países, pero no en España). Y además, en contra de la creencia popular, los piojos no están asociados a los entornos sucios. Al contrario, a los piojos les gustan los pelos limpios (no quiero que nadie interprete esta afirmación, como que tener el pelo sucio es bueno para evitar piojos), lo que explica también lo de Suecia.

Continuo.

La historia que está detrás del producto (Inex, se llama) que nos presentaron es realmente interesante. Su origen está en una patente de la doctora Pilar Mateo. ¿Qué quién es esta señora? Pues es una de las científicas más prestigiosas del mundo, y que dedica su vida a la lucha de enfermedades transmitidas por insectos, especialmente el mal de chagas, pero también la malaria o el dengue.

Pilar trabajaba como química en la fábrica de pinturas de su padre y, por pura casualidad, pensó en crear una pintura insecticida para solucionar un problema de insectos en un hospital de su localidad. Lo logró, y eso la motivó a aplicar el invento en Bolivia, donde la gente se moría del mal de chagas por culpa de unos puñeteros mosquitos. ¡Pintemos todas las paredes con mi pintura! pensó la doctora, hasta que viajó allí y se dio cuenta de que ni siquiera había paredes que pintar. Se puede decir que ahí empezó la lucha que la ha hecho mundialmente reconocida.

El matapiojos que nos presentaron utiliza la misma tecnología de esa pintura que está salvando vidas, y por eso es prácticamente inocuo. No es un insecticida, sino un aceite, un producto natural, no tóxico y 100% biodegradable. En esencia es un aceite corporal (nos dijeron que, aunque no lo podían decir, Inex se puede incluso ingerir y no pasa nada. Pero nos dijeron también que no lo dijéramos; y yo que soy obediente, pues no lo digo). Vamos, nada que ver con la intensidad y agresividad del resto de piojicidas (dejadme llamarlos así).

Aún no lo he probado, las cosas como son, pero me pareció todo muy interesante y lo utilizaré en cuanto tenga la bendita oportunidad. Todo lo que nos contaron me pareció muy natural y convincente.

Y una cosa que me gustó especialmente es que, como no podía ser menos, parte de los beneficios obtenidos en su venta están destinados a la Fundación de la Doctora Mateo. Bieeeen.

Ahora, para terminar, si habéis llegado hasta el final sin rascaros, aquí os dejo la foto aumentada de un piojo. Suerte.

18 abr. 2013

20 años no es nada, y el flautista de Hamelin

Hacía 20 años que no nos veíamos. Y ésta fue la conversación:

- ¿Qué tal todo?
- Sin novedad.

Ocurrió el sábado pasado. Un amigo con el que no hablaba desde hace 20 años, me preguntó “qué tal todo”, y yo sólo supe responderle que “sin novedad”.

Como estoy acostumbrado a mi vida actual, sólo considero novedosos los acontecimientos que hayan podido ocurrir en los últimos días. Y visto así, claro, no había novedades. Pero no era la respuesta más apropiada para alguien a quién no has visto en 20 años, y según lo decía me daba cuenta de lo ridículo que sonaba.

Aunque analizándolo fríamente, ¿qué le iba a contar?, ¿media vida? Difícil, de todas formas hemos quedado para tomar unas cervezas un día de estos y seguramente nos pondremos al tanto de lo último, porque los 20 años de en medio ahí se quedarán para siempre.

A CM le conocí en mi primer verano en Madrid. Tendría yo 18 años. Me hice colega de un tipo de su pandilla y comencé a salir con ellos. Al principio CM no me cayó bien. Era un pintas y me pareció un poco fantasma. Por diferentes motivos, yo a él tampoco le caí bien, creo que le parecí un fantasma. Pero debe ser que los fantasmas, como los polos opuestos, se atraen, y a través de los gustos musicales comunes, empezamos a entendernos y acabó siendo el único al que puedo considerar amigo de aquella tropa.

No recuerdo por qué dejamos de vernos. Y el hecho de que no lo recuerde significa que no pasó nada especial o destacable. Perdimos el contacto. Sin más.

Y 20 años después, Facebook, esa potente herramienta de reencuentros virtuales, nos vuelve a hacer "amigos". Amigos de los de "sé que estás ahí, sabes que estoy aquí, más o menos intuimos los rasgos generales que definen nuestras vidas (trabajo, niños, dirección, aspecto) y poco más". Hasta que un día hay una excusa para verse.

CM se dedica en cuerpo y alma al teatro (ya os había dicho que era un poco pintas…) y ha escrito, produce, dirige e interpreta una versión teatral/musical de El Flautista de Hamelin. Y como yo tengo niños, nos invitó.

Fue, como dije el sábado pasado, a las 12 de la mañana, que es una hora estupenda para ir al teatro con los niños. Lo es, sin duda.

Podría deciros que el texto es muy bueno, inteligente, divertido y ameno; que el ritmo de la obra es tan bueno o mejor, y que los números musicales divierten a los niños sin cortar el rollo. Pero la mejor crítica la hizo mi hijo de 6 años desde su butaca, que me miró emocionado y dijo:

- ¡mola mazo!- a lo que yo respondí:
- tssss, silencio.

La pequeña (tres años) quizá no se enteró de nada, cómo tampoco se enterará de Bob Esponja, Los Pingüinos de Madagascar, etc. pero siguió la obra con interés sin moverse de la silla, algo casi milagroso teniendo en cuenta el nervio que gasta la niña.

Lo peor de toda la mañana fue la sensación de que había poco público. Un teatro pequeñito a 2 minutos de Callao, y apenas estaban cubiertas unas cuantas filas. Entristece, preocupa y hasta cabrea pensar que el talento y el trabajo serio no son suficientes para atraer al público. Por eso escribo este post y os animo a ir con los niños, convencido como estoy de que les va a encantar.

Podéis encontrar entradas en Atrápalo (os pongo el link directo, más fácil imposible).

Al terminar la obra salimos a la calle (insisto en que las 12 de la mañana es una hora genial) y estuvimos esperando a la puerta del teatro a que saliera mi amigo. Apareció a los 15 minutos, nos sonreímos, nos dimos el típico abrazo y dijo:

- ¿Qué tal todo?
- Sin novedad.


9 abr. 2013

La fórmula de la felicidad es la misma que la de la infelicidad. Y francamente, eso despista.

Disfrutar de lo que tienes, ver las cosas por su lado positivo y sacarle partido a lo que te rodea. Así es la felicidad, una actitud, una habilidad que se entrena día a día. Y si no la entrenas, acabarás siendo infeliz tengas lo que tengas y estés dónde estés. Si tienes un yate disfrútalo, y si lo que tienes es una vecina con gallinas que te trae huevos de aldea, moja el pan feliz en su yema amarilla. Porque si no, acabarás echando de menos el yate que nunca tendrás, o hasta el culo de antidepresivos en tu yate, sin ni siquiera saber qué es lo que echas de menos, incluso pensando que pudiera ser una vecina que te traiga huevos de gallina de corral.

A veces basta con ser un poco realista: “en un Ferrari no iría tranquilo con tanto badén”, o “una mansión es demasiado fría y poco acogedora” o “seguro que Charlize no para por casa cuando está de rodaje”.

Hay que saber que todo tiene sus pros y sus contras, y que los unos son imposibles sin los otros y viceversa: “si tuviese un puesto más importante, quizá vería menos a los niños”, “si no tuviese un estómago tan delicado, seguramente sería obeso, o borracho, o un obeso borracho”, y “si fuese más alto no podría quitarme a las churris de encima”.

También es importante reconocer que nosotros mismos vamos dándole pistas al destino, por lo que muchas de las cosas importantes de nuestra vida, que parecen fruto del devenir natural de las cosas, están inconscientemente dirigidas por nosotros mismos.

Está claro, la fórmula de la felicidad tiene mucho que ver con el saber conformarse con lo que hay. Lo jodido es que la misma ecuación sirve para todo lo contrario. Mismos factores, misma operación, resultados opuestos:

Si te conformas con las cosas tal y como te llegan, si no te marcas objetivos ambiciosos en la vida y no luchas por hacer tu propio camino, acabarás hasta el gorro de todo, incluido de ti mismo. Si te dejas llevar para evitar problemas o disgustos, puede que al principio te sientas aliviado, pero acabarás siendo preso de tu propia desmotivación,  vigilado de cerca por la pereza y la apatía.

Conformarse con lo que hay es una trampa mortal. Un veneno que actúa lenta pero implacablemente hasta enfermarte de infelicidad irreversible.

Así que estoy hecho un lío, y muchos días me pregunto, “qué hago hoy, ¿me quedo felizmente en casa viendo la tele y disfrutando de la familia?, ¿dejo que las cosas vayan fluyendo, sin estresarme y confiando un poco en que todo irá como tiene que ir?, ¿o me echo a la calle?”.

Y nada, sólo eso.

1 abr. 2013

Qué asco lo de Feijóo

Cuando tenía 6 años empecé a esquiar con un grupo organizado por el cole. Salíamos los sábados desde Gijón en autobús hasta Pajares, acompañados de 3 o 4 adultos. Por aquel entonces todo era más difícil e incómodo. La recuerdo como una época gris: el frío era más frío, la humedad era más húmeda, el peso era más pesado, y el simple hecho de quitarse las botas de descanso y ponerse las de ski, era toda una odisea.

Yo era un crío y hace 35 años el equipamiento era mucho más aparatoso de lo que lo es ahora: no existían las prendas técnicas (al menos a nivel usuario), nada de forros polares ni Goretex, así que el frío y la humedad se combatían a base de capas y capas de ropa de grosores imposibles. Aún no entiendo cómo lo soportaba. Yo, que no puedo ponerme encima nada de punto, que siento pánico con los jerseys de cuello vuelto y sudores fríos con los leotardos, y que cuando veo a un crío con pasamontañas de lana tengo que mirar hacia otro lado, porque me empieza a picar todo el cuerpo y todo el alma (“verdugos” llamábamos en mi tierra a esos gorros insufribles).

Pero había una cosa que odiaba sobre manera, la empalagosa guinda que culminaba aquel asqueroso pastel embutido que era yo: la crema. Odiaba y odio la crema. Es un odio africano, peligroso e inconveniente, porque huyo de la protección solar (cualquier día se me cae la piel a cachos) y de las chicas con mucho maquillaje. Pero es que no soporto sentirme pringoso, untuoso, resbaloso, grasiento. Me supera.

Es uno de esos traumas que arrastro desde la infancia y miro a quiénes se echan cremas como si fueran faquires: ¡¿cómo es posible que lo aguanten?!

En el colmo de esa tolerancia a la crema están los que la llevan sin extender. Incomprensible.

La foto de Feijóo en el barco del contrabandista con la crema sin extender me resulta tan asquerosa como las imágenes del aventurero de Discovery que se dedica a comer cualquier mierda que encuentre, como prueba de su capacidad de supervivencia. Me puede. Me mata de asco.

Lo otro, lo del contrabandista, eso es anecdótico. Que un tipo ambiciosillo se codee con los poderosos no debería extrañar a nadie. El juego es así. La gente honrada no manda. Las polémicas fotos son con un contrabandista, pero seguro que hay muchas otras con políticos corruptos, con empresarios caciques, con obispos mentirosos, con periodistas manipuladores, etc. Eso es lo normal, pero lo de la crema…