El otro día acudí a mi primer evento como mamá bloguera. Sé que estaréis pensando “Ata, pero si eres un tío”, y es que siempre os quedáis en la anécdota. Me recordáis a algunos clientes de la agencia, que cuando les presentabas una campaña con una propuesta novedosa, original, rompedora y sorprendente, decían:
- No entiendo porque en el texto legal pone…
¿Que por qué poníamos textos legales en los bocetos? Joder, vaya día me estáis dando (así no empezamos nunca); pues yo que sé, a veces era por puro hábito, o porque empezábamos trabajando sobre un boceto de una campaña anterior, o para hacernos una idea más aproximada de cómo quedaría realmente el resultado final. Pero a lo que vamos, lo de menos era el texto legal, que además solía ser ficticio, lo importante era la campaña.
De igual forma, lo de menos es lo de mamá bloguera, y lo importante es que era mi primer evento.
Quizás tendría más sentido dudar de si realmente se me puede considerar un bloguero. ¿Qué es un bloguero? me preguntas mientras clavas tu pupila en la pantalla azul.
Al grano, o al piojo, que me desvío: me invitaron a una charla para conocer un nuevo Pediculicida (llámase así en argot científico, a la loción, champú, pomada o bebedizo cuya finalidad es la de matar piojos). Tras recibir la invitación lo primero que me surgieron fueron picores, y lo segundo dudas. Soy nuevo en estas lides y mi sentido tradicional de la cortesía me decía que si aceptaba la invitación, luego tendría que hablar bien sobre el producto en este (llamémosle blog) blog.
Creedme que me rasqué y me comí mucho la cabeza con la tontería. Qué hago, ¿voy, no voy?, ¿debo rechazar la invitación?, ¿por qué? ¿por qué no? Quería ir, pero me sentía como si estuviera a punto de participar en algo sucio, miraba las fotos de Bárcenas en las portadas de la prensa y pensaba: ¡yo no soy como tú!
Hasta que por fin tuve un rayo de lucidez, uno de esos que simplifican las cosas y que me hizo ver que cualquiera que tenga algo que ofrecer (empezando por mí), debe tener también la oportunidad de presentárselo a los demás, y una presentación a blogueros es una forma muy sana de hacerlo, ¿o es que sólo van a poder vender cosas las multinacionales con medios para hacer campañas en medios (valga la redundancia)? “Ata, no es eso lo que tú quieres, ¿verdad?”.
Así que fui, y me alegro porque aprendí cosas. La primera ya os la he dicho: Pediculicida. La segunda es la respuesta a una pregunta que no me había llegado a hacer, pero que estaba a punto de hacerme: ¿por qué coño estos niños tienen tantos piojos?, ¿por qué estamos cada dos por tres con los puñeteros bichos y sus dichosas liendres? No recuerdo que en mi época fuera así. Ahora, a cada poco ponen un aviso en el cole, o manda un What´s Up la mamá de fulanito anunciando su presencia. Y no sólo es que haya muchos y persistentes, es que además aparecen donde menos te lo esperas: por ejemplo, en Suecia.
Sí, mis hijos cogieron piojos en Suecia.
Suecia es un país con el que tengo una relación estrecha. Al principio me fascinaba todo lo de allí, quizá porque comulgo poco con el arquetípico espíritu latino. Con el tiempo y el conocimiento, esa fascinación se fue moderando. He ido desmitificando a Suecia y los suecos hasta ponerlos en su justa medida y valor, pero lo que jamás hubiera imaginado es que tuvieran piojos. Ellos no.
Creo que me he vuelto a ir del tema, así que retomo. Decía que estaba a punto de preguntarme por qué ahora los piojos dan tanto la lata, y la respuesta parece ser que se han hecho inmunes a los tratamientos. Según estudios que obviamente no me he leído, pero que no pongo en duda, los piojos se han hecho resistentes a la permetrina, que es el insecticida más utilizado (resulta también que la permetrina es tóxica, y ya está prohibida en muchos países, pero no en España). Y además, en contra de la creencia popular, los piojos no están asociados a los entornos sucios. Al contrario, a los piojos les gustan los pelos limpios (no quiero que nadie interprete esta afirmación, como que tener el pelo sucio es bueno para evitar piojos), lo que explica también lo de Suecia.

Continuo.
La historia que está detrás del producto (Inex, se llama) que nos presentaron es realmente interesante. Su origen está en una patente de la doctora
Pilar Mateo. ¿Qué quién es esta señora? Pues es una de las científicas más prestigiosas del mundo, y que dedica su vida a la lucha de enfermedades transmitidas por insectos, especialmente el mal de chagas, pero también la malaria o el dengue.
Pilar trabajaba como química en la fábrica de pinturas de su padre y, por pura casualidad, pensó en crear una pintura insecticida para solucionar un problema de insectos en un hospital de su localidad. Lo logró, y eso la motivó a aplicar el invento en Bolivia, donde la gente se moría del mal de chagas por culpa de unos puñeteros mosquitos. ¡Pintemos todas las paredes con mi pintura! pensó la doctora, hasta que viajó allí y se dio cuenta de que ni siquiera había paredes que pintar. Se puede decir que ahí empezó la lucha que la ha hecho mundialmente reconocida.
El matapiojos que nos presentaron utiliza la misma tecnología de esa pintura que está salvando vidas, y por eso es prácticamente inocuo. No es un insecticida, sino un aceite, un producto natural, no tóxico y 100% biodegradable. En esencia es un aceite corporal (nos dijeron que, aunque no lo podían decir, Inex se puede incluso ingerir y no pasa nada. Pero nos dijeron también que no lo dijéramos; y yo que soy obediente, pues no lo digo). Vamos, nada que ver con la intensidad y agresividad del resto de piojicidas (dejadme llamarlos así).
Aún no lo he probado, las cosas como son, pero me pareció todo muy interesante y lo utilizaré en cuanto tenga la bendita oportunidad. Todo lo que nos contaron me pareció muy natural y convincente.
Y una cosa que me gustó especialmente es que, como no podía ser menos, parte de los beneficios obtenidos en su venta están destinados a la Fundación de la Doctora Mateo. Bieeeen.
Ahora, para terminar, si habéis llegado hasta el final sin rascaros, aquí os dejo la foto aumentada de un piojo. Suerte.