![]() |
| Imagen de Gabriel Corbera |
No me gusta la mierda. Un momento, no me prejuzguéis. No se trata de un odio enfermizo con
visos patológicos, nada que me impida hacer una vida aparentemente
normal. Se trata más bien de una discreta animadversión, una
incomodidad, un rechazo que trato de sobrellevar de la mejor manera
posible.
A otros les pasa con Melendi y a mí me pasa con la mierda (y con Melendi).
Y aunque sé que lo que voy a decir os va a poner en mi contra, como
humanos que sois, tengo que confesar que mi rechazo se centra y
concentra en la mierda humana. Creedme, no tengo nada contra los
humanos, es sólo que me da asco su caca.
Hecha esta confesión y esperando que no os sintáis discriminados, me
lanzo al verdadero tema de este post: esta fobia desaparece casi por
completo cuando se trata de la caca de mis hijos.
Parece mentira que unas simples pinceladas dibujadas por un extraño
en la taza de una gasolinera me quiten las ganas hasta de metabolizar, y
que en cambio pueda enfrentarme a diario y con total desparpajo al más
escatológico de los festivales, cuando éste ha sido causado por uno de
mis hijos.
Debe ser algo que está en el código genético, fruto de alguna mutación que hizo que los sujetos portadores se adaptaran mejor y por tanto se reprodujeran más. Hasta hoy.
Punto y aparte.
Así discurría plácidamente mi vida conviviendo con la mierda de mis
niños como con una compañera más, sin temer ni imaginar que el azar,
hasta entonces benévolo, me tenía preparada una durísima prueba.
Todo ocurrió un viernes en el que mi chica tuvo dos grandes ideas:
invitar a un amigo del niño a pasar la tarde en casa; y salir de casa a
hacer unos recados a IKEA (ella afirma que nada tenían que ver una idea
con la otra, en cualquier caso y más allá de insinuaciones insidiosas,
lo tengo que contar porque fue exactamente así y resulta trascendental
para entender lo que ocurrió. Quizá el detalle de “IKEA” es
sobredescriptivo y sobra; de acuerdo, dejémoslo en que se fue a hacer
unos justos y necesarios recados y yo me quedé solo con los 2 críos).
La tarde transcurrió entre un continúo rumor de niños pidiéndome
cosas, al que logré no hacer ni puñetero caso (en una demostración de
autocontrol que mi chica envidia y detesta a partes iguales) hasta que
una de sus exigencias consiguió sacarme de mi letargo. No fue un cansino
“ponnos el DVD”, ni un inquietante “bajamos a la calle”, ni siquiera un
alarmante “¿qué le pasa al cristal del iPad?”
Fue una sola palabra. Una palabra repetida de generación en
generación y traspasada de padres a hijos como un ritual ancestral de
comunión paterno filiar. Sólo que ésta vez quien la pronunciaba (y aquí
está el quid de la cuestión) no era mi hijo:
- ¡¡Acabeeeeé!!!
Tardé unos segundos en reaccionar y darme cuenta de lo que estaba ocurriendo.
- ¡¡Ata: acabeeeé!!!
El niño no sólo estaba anunciándome la finalización de su tarea, ¡¡estaba reclamando el inicio de la mía!!
Un frío escalofrío (¿os he dicho ya que era frío?) me recorrió la
espina dorsal. Me sentí solo, descolocado, desorientado, desarmado,
desnudo, desprotegido, con unas ganas locas de huir, de dejarlo todo, de
gritar, salir corrieeendo.
Caminé hacia el baño como un inocente camina hacia el garrote, con
los pies por delante y la voluntad por detrás. Al fondo del pasillo me
esperaba el chaval adoptando ya “esa postura”, tan sugerente en otros
contextos; nunca imaginé que ante un tío con el culo en pompa el
humillado fuera a ser yo.
Pero a veces hace falta que la vida te ponga al límite para que
logres dar lo mejor de ti mismo y así fue como de mi boca salieron dos
palabras mágicas que nos salvaron a mí y a él de vivir una incómoda
relación que no nos correspondía y que probablemente nos marcaría de por
vida:
- Límpiate tú.
Eso fue todo.
Mi cerebro, sometido a una presión insoportable, fue capaz de
procesar una ingente cantidad de información en cuestión de segundos y
llegar a la conclusión de que si es compañero del cole, es porque va al
cole, ¡y en el cole se limpian solos!
Sólo entonces recuperé el control y gracias a ello hoy puedo contarlo
con la frente bien alta, y la conciencia y las manos bien limpias.
