- Hola, me llamo Ataulfo y soy raro.
Así me sentí yo durante toda mi infancia. Vivía con horror cada vez que iniciaba un nuevo curso y pasaban lista. No penséis que ocurría sólo en el cole, donde en realidad sólo se cambia de compañeros 4 o 5 veces en la vida. Qué bah, a lo largo de la niñez hay un montón de cursos de música, inglés, cursillos de natación, de tenis, campamentos, excursiones, catequesis, etc. etc. etc. en las que te presentan por primera vez y todo el mundo se gira para observar con más detenimiento a ese curioso especimen al que han dado en denominar Ataulfo. Ataulfo Arróspide, para más INRI (Arróspide será habitual en el País Vasco, pero en Asturias es el complemento perfecto).
Yo me sentía observado, señalado, estigmatizado y raro. El nombre es lo más propio que tienes, lo que te designa, te distingue, te reconoce, y un nombre raro sólo puede designar a una persona rara. Los ornitorrincos son raros. Los Ataulfos son raros, mucho más que los albinos o los zurdos.
Durante años odié a mis padres por ello y especialmente a mi padre, que también se llama Ataulfo y está orgulloso de ello. Él nació en tiempos de la dictadura y tuvo que añadir un nombre presente en el santoral (la Iglesia, siempre cuidando a los desprotegidos), por lo que su verdadero nombre es Ataulfo Luis, pero a todos los efectos es Ataulfo. ¡Ay, si yo hubiese tenido ese as en la manga! Ahora sólo me llamaría Ataulfo mi madre.
Siempre envidié a los Ignacios, a los Pedros, a los Fernandos, los Alejandros, los Pablos, los Álvaros... Alguien que envidia a todo el mundo tiene que ser por fuerza un raro.
Con los años fui superando el trauma, no porque yo me acostumbrara, que no me acostumbro, sino porque los adultos son más discretos y menos crueles que los niños y las presentaciones se viven con más naturalidad. Incluso llegó el momento en el que la singularidad de mi nombre daba pie a rellenar esos primeros minutos de conversación en la disco. Vamos, que ayudaba a ligar.
De todas formas sigo imaginando como una pesadilla ese momento en el que un presentador me sorprende por la calle micrófono en mano (Lo Sabe No Lo Sabe, pongamos por ejemplo) y me pregunta delante de toda España:
- ¿Cómo te llamas?
Lo que para otros sería un puro trámite, en mi caso se convertiría en todo un acontecimiento televisivo que canibalizaría el resto del contenido del programa y probablemente de la cadena. Un horror.
Mucho más habitual (lo otro aún no me ha pasado) ocurre cuando vamos a un 100 Montaditos, esa franquicia en la que haces el pedido en caja, dejas tu nombre y te llaman por micrófono cuando está listo. A veces he pensado en mentir y quizá lo he hecho, pero poco, porque no sé mentir. La mayoría de las veces intento que pague otro. No es racanería, es pudor.
Pero lo que ni yo ni mis padres podrían imaginar hace 41 años es que un día llegaría una cosa llamada Internet, que con ella llegaría Google, las búsquedas, el posicionamiento y el SEO. Y ha sido gracias a ello cuando por primera vez me siento un privilegiado frente a los Ignacios González (a bote pronto me vienen 3 a la cabeza), a los Pablos García o a los Alejandros González.
En la era de la información mi sufrimiento ha sido compensado y ahora soy yo quien les mira con altanería, soberbia y superioridad. ¡¡Mi nombre es SEO!! y si lo introduces en el buscador aparezco como primera y única opción en páginas y páginas de resultados. Y eso es realmente interesante porque ¿quién no ha buscado gente en Google alguna vez para saber más sobre ellos? Y la tendencia natural (errónea pero natural) es pensar que alguien que está en las primeras páginas es importante o ha hecho algo importante. Y si no lo encuentras es que es un mindundi incapaz de dejar su huella digital en la vida.
Para no confundirme con mi padre adopté la abreviación Ata (que también era como terminaba llamándome todo el mundo) y si pones Ata Arróspide en los buscadores, ¿quién aparece?
Menuda tontería, pensaréis, pero si te llamas Alberto García y quieres aparecer en las primeras páginas tienes que montar una muy gorda cada 3 o 4 meses. Si te relajas siempre habrá otro Alberto García dispuesto a ocupar tu puesto con cualquier tontería de mención en un diario local o en prensa especializada de su sector. Pero a mí me vale con cualquier cosa. La única premisa es que Google se entere y eso es fácil. Puedo ganar el campeonato de petanca de mi casa o ser el segundo ayudante del que lleva las bebidas en un cortometraje. Si se publica, salgo.
¡¡Chupaos esa!!



