21 oct. 2013

Niños, no es lo mismo ser demócrata que ser justo.


Ahora que ya sabéis lo que es democracia y ser demócrata, tengo que aclararos algo que parece que casi nadie entiende pero que es muy importante: ser demócrata no siempre significa ser justo.

- Papá, pero si tu dijiste que ser demócrata es bueno.

Y lo es, lo es, pero os pongo un ejemplo muy fácil para que lo entendáis: si diez niños le dais una paliza a uno, eso es democrático, porque los 10 sois mayoría y os habéis puesto de acuerdo contra la opinión de uno sólo. Sois además una amplia mayoría. Pero pelearse 10 contra 1 no es justo, ¿verdad?

- Qué pasa papá, ¿que los demócratas pegan a los demás?

No, pero a veces la gente está equivocada, o la han engañado, o tiene miedo. Y hace cosas injustas como condenar a inocentes, eligir gobernantes sinvergüenzas, ser insolidarios, escuchar a Melendi…

A veces, los que son mayoría en un grupo pequeño se quedan en minoría si ampliamos el grupo. Por eso en Tordesillas la mayoría está a favor lancear toros, pero si ampliamos al resto del mundo civilizado, probablemente se quedarían en minoría.

Otras veces lo que es mayoría en un momento deja de serlo cuando pasa el tiempo. Antes la mayoría quería que las mujeres no trabajaran ni condujeran ni usaran dinero, y ahora la mayoría sí lo quiere. Igualmente puede ocurrir que lo que ahora es mayoría, dentro de 40 años no lo sea.

Pero todo eso es muy difícil de ver para la mayoría, que lo que le gusta es ver los programas de Belén Esteban. Espero que al menos en este caso vosotros seáis de la minoría.

- Y papá, ¿qué es mejor, ser demócrata o ser justo?
- Ehhh, ¡venga, se acabó la cháchara! Todos a la cama.
- ¿Por quéeeee?
- ¡Porque lo digo yo y basta!

17 oct. 2013

Tengo un nombre bueno para el SEO

- Hola, me llamo Ataulfo y soy raro.

Así me sentí yo durante toda mi infancia. Vivía con horror cada vez que iniciaba un nuevo curso y pasaban lista. No penséis que ocurría sólo en el cole, donde en realidad sólo se cambia de compañeros 4 o 5 veces en la vida. Qué va, a lo largo de la niñez hay un montón de cursos de música, inglés, cursillos de natación, de tenis, campamentos, excursiones, catequesis, etc. etc. etc. en las que te presentan por primera vez y todo el mundo se gira para observar con más detenimiento a ese curioso especimen al que han dado en denominar Ataulfo. Ataulfo Arróspide, para más INRI (Arróspide será habitual en el País Vasco, pero en Asturias es el complemento perfecto).

Yo me sentía observado, señalado, estigmatizado y raro. El nombre es es lo más propio que tienes, lo que te designa, te distingue, te reconoce, y un nombre raro sólo puede designar a una persona rara. Los ornitorrincos son raros. Los Ataulfos son raros, mucho más que los albinos o los zurdos.

Durante años odié a mis padres por ello y especialmente a mi padre, que también se llama Ataulfo y está orgulloso de ello. Él nació en tiempos de la dictadura y tuvo que añadir un nombre presente en el santoral (la Iglesia, siempre cuidando a los desprotegidos), por lo que su verdadero nombre es Ataulfo Luis, pero a todos los efectos es Ataulfo. ¡Ay, si yo hubiese tenido ese as en la manga! Ahora sólo me llamaría Ataulfo mi madre.

Siempre envidié a los Ignacios, a los Pedros, a los Fernandos, los Alejandros, los Pablos, los Álvaros... Alguien que envidia a todo el mundo tiene que ser por fuerza un raro.

Con los años fui superando el trauma, no porque yo me acostumbrara, que no me acostumbro, sino porque los adultos son más discretos y menos crueles que los niños y las presentaciones se viven con más naturalidad. Incluso llegó el momento en el que la singularidad de mi nombre daba pie a rellenar esos primeros minutos de conversación en la disco. Vamos, que ayudaba a ligar.

De todas formas sigo imaginando como una pesadilla ese momento en el que un presentador me sorprende por la calle micrófono en mano (Lo Sabe No Lo Sabe, pongamos por ejemplo) y me pregunta delante de toda España:

- ¿Cómo te llamas?

Lo que para otros sería un puro trámite, en mi caso se convertiría en todo un acontecimiento televisivo que canibalizaría el resto del contenido del programa y probablemente de la cadena. Un horror.

Mucho más habitual (lo otro aún no me ha pasado) ocurre cuando vamos a un 100 Montaditos, esa franquicia en la que haces el pedido en caja, dejas tu nombre y te llaman por micrófono cuando está listo. A veces he pensado en mentir y quizá lo he hecho, pero poco, porque no sé mentir. La mayoría de las veces intento que pague otro. No es racanería, es pudor.

Pero lo que ni yo ni mis padres podrían imaginar hace 41 años es que un día llegaría una cosa llamada Internet, que con ella llegaría Google, las búsquedas, el posicionamiento y el SEO. Y ha sido gracias a ello cuando por primera vez me siento un privilegiado frente a los Ignacios González (a bote pronto me vienen 3 a la cabeza), a los Pablos García o a los Alejandros González. 

En la era de la información mi sufrimiento ha sido compensado y ahora soy yo quien les mira con altanería, soberbia y superioridad. ¡¡Mi nombre es SEO!! y si lo introduces en el buscador aparezco como primera y única opción en páginas y páginas de resultados. Y eso es realmente interesante porque ¿quién no ha buscado gente en Google alguna vez para saber más sobre ellos? Y la tendencia natural (errónea pero natural) es pensar que alguien que está en las primeras páginas es importante o ha hecho algo importante. Y si no lo encuentras es que es un mindundi incapaz de dejar su huella digital en la vida.


Para no confundirme con mi padre adopté la abreviación Ata (que también era como terminaba llamándome todo el mundo) y si pones Ata Arróspide en los buscadores, ¿quién aparece?



Menuda tontería, pensaréis, pero si te llamas Alberto García y quieres aparecer en las primeras páginas tienes que montar una muy gorda cada 3 o 4 meses. Si te relajas siempre habrá otro Alberto García dispuesto a ocupar tu puesto con cualquier tontería de mención en un diario local o en prensa especializada de su sector. Pero a mí me vale con cualquier cosa. La única premisa es que Google se entere y eso es fácil. Puedo ganar el campeonato de petanca de mi casa o ser el segundo ayudante del que lleva las bebidas en un cortometraje. Si se publica, salgo.

¡¡Chupaos esa!!

16 oct. 2013

Miércoles Mudo: ¡¡la pasta!!


10 oct. 2013

Animalito o filete. El gran dilema

Desde que vivimos en el campo disfruto muchísimo cuando salgo a dar paseos con los niños y volvemos a casa fartucos (henchidos) de moras, manzanas, avellanas, figos (sustitúyase la f por h para castellanizar) y pronto serán también nueces, castañas, etc. No es que vivamos en la selva ni mucho menos, pero ha servido para que los peques interioricen que las frutas salen de los árboles, no del Mercadona.

Y por supuesto han entrado en contacto con las vacas. Esos animalotes son tan vulgares aquí, que cuando yo era pequeño me costaba entender que llamasen tanto la atención de los foráneos. Recuerdo la estupefacción que me causaba ver como un coche (con matrícula empezando por M, por ejemplo) se paraba en medio de la carretera para hacerle fotos a una vaca. ¡¡A una vaca!!, ni que  fuera un tigre albino o un oso panda. Ahora entiendo que un niño hindú pensará lo mismo cuando un turista fotografía a un elefante.


Pero a lo que voy, que me disperso, precisamente con las vacas me ha surgido un dilema. Theo está encantado con las que viven alrededor de casa. Dice que de mayor quiere ser veterinario, se ha hecho amigo del ganadero y se sabe los nombres de sus cornudas vecinas, incluso ha bautizado ya a un par de terneros, aquí xatos (pronúnciese algo parecido a shiatos) que nacieron días atrás.

Hasta aquí muy bien. El respeto por los animales está dentro de lo que considero normal en una persona sana y equilibrada (autoexclúyanse de aquí quienes quieran, pero sin atribuirlo por favor a interpretaciones absurdas del patriotismo).

Dichos terneros, xatinos, son dos tiernas (y ya empezamos con adjetivos que invitan a la doble interpretación) criaturas de raza asturiana, pelirojos y juguetones, mucho más guapos y adorables que sus orondas y parsimoniosas madres. Son una alegría para la vista, dan ganas de comerlos (otra vez), pero algún día desaparecerán de nuestro prau porque habrán emprendido su camino hacia la carnicería.

¡¿Y cómo le explico yo esto a mi hijo de 6 años, que les ha cogido afecto?!, ¿está él preparado para entender que sus "casi mascotas" son animales domésticos, destinados al consumo humano? Siempre me viene a la cabeza la historia oída mil veces de la madre que guisó el conejito de su hijo, y que para él fue un trauma que aún recuerda de adulto.


A lo mejor está sólo en mi cabeza y Theo lo ve con normalidad. Ayer mismo me señaló a una vaca de tipo holandés (las blancas y negras), diciendo que era una "lechera", mientras que las otras eran "de carne".

Diréis que soy un poco flojo, que en casa siempre hemos comido carne de ternera y que él ya tendría que haber relacionado. Pero pienso que puede ser como el tema de los reyes magos, que por más indicios que un niño tenga de que eso no puede ser, se lo siguen tragando sin hacerse preguntas, hasta que llega el descubrimiento y consustancial desilusión. Así que, de momento, le he pedido al ganadero que sea prudente y parco en explicaciones, para ahorrarle el disgusto... de momento.








2 oct. 2013

Miércoles Mudo: Dónde hay desenfoque hay alegría