24 jul. 2013

Meteoroholics


He subido la imagen, pero no pienso fijarme en lo que pone.

Hay gente que vive enganchada al parte meteorológico. No lo entiendo.

Salvo que seas espía doble o aventurero, lo normal es que un día normal sea una sucesión de rutinas previsibles y anodinas, por eso es una pena conocer de antemano una de las pocas incertidumbres que te pueden deparar las próximas horas.

Aunque es muchas veces previsible, cada vez que amanece hay lugar para la curiosidad, la ilusión y la sorpresa: ¿cómo será hoy?, ¿un luminoso día de sol, de los que invita a salir y disfrutar de la calle, la gente, la vida?, ¿o será un melancólico día otoñal, de esos en los que apetece acurrucarse en el sofá con una taza de algo caliente?, ¿tocará un inquietante día de nubes y claros, de esos en los que cada hora es distinta a la anterior?, ¿o hará un fuerte viento de los que te despeina la melena y te hace sentir más vivo?

Los meteoroholics se pierden todo esto. Necesitan saber el tiempo que hará hoy, mañana, el fin de semana, la semana que viene... Lo necesitan los días laborables, los festivos, las vacaciones. Es como una adicción.

Allá vosotros, yo sólo os pido una cosa: no me lo contéis. No lo quiero saber. Dejadme vivir con mi pequeña incertidumbre. Si yo nunca os desvelaría el final del libro, no me hagáis vosotros lo mismo con el tiempo.

Gracias.

8 jul. 2013

La chica de Legálitas: historia de una traición


Actualización: Legálitas rectifica y me devuelve la cuota.

El otro día hablé por teléfono con una chica de Legálitas. Fue una conversación como las que tienen los amantes, intensa, llena de emociones y altibajos, plagada de reproches y reencuentros. Pero al final, la chica de Legálitas me dejó con un palmo de narices. Me pregunto cómo hubiera terminado todo si la chica de Legálitas fuera simplemente “la chica”.

Os pongo en antecedentes. Legálitas se llama así, y no Éticas, por algo. En los últimos meses no tenía más contacto con ellos que las llamadas comerciales ofreciéndome nuevas coberturas, y que sólo servían para darme cuenta de que el servicio por el que estaba pagando no incluía dichas coberturas.

- Buenos días, por ser nuestro cliente chupi queremos ofrecerle la nueva cobertura legal para asuntos de Tráfico. Son sólo x€/mes más.
- Anda, pues yo creía que con lo que pago me prestaban asistencia legal sin distinguir asunto o contrincante.
- Bueno sí, pero es que precisamente lo de Tráfico va a parte…
- Ah! (intúyase aquí mi cara de tonto)

El caso es que ya no me merecen la pena porque es básicamente un servicio de consulta, y si al final hay algún asunto que requiere apoyo legal serio, acabas teniendo que pagar a un abogado igualmente (aún sigo esperando que Vodafone, por poner un ejemplo, me devuelva el dinero que me debe). Así que cuando el banco me ofreció un servicio de asesoría jurídica aproveché la última de esas llamadas comerciales para decirles que me quería dar de baja. Pero como faltaban aún unos meses para renovar el contrato, la comercial (muy hábilmente) postpuso la gestión para cuando llegase el momento. ¿Estará “grabada esta llamada para mejorar el servicio”? Pa mí que no.

Cuando llegó el momento de renovar, se me olvidó y así descubrí que Legálitas son unos pillos:

1.- Primero porque no te avisan.
2.- Y segundo porque los muy cucos te lo cargan en la tarjeta de crédito, de tal forma que si has olvidado comunicar la baja (como fue mi caso), ya no hay forma humana de solucionarlo o de devolver el recibo.

Bueno, “sí hay forma humana”, pensé: tan sencillo como llamar y contarle a algún humano que me quiero dar de baja, que perdonen mi despiste, que correría con los gastos de la devolución incluso con el mes en curso. “Después de todo, sólo han pasado unos días y en los últimos meses no he utilizado para nada el servicio”.

Y así fue como llamé. Primero al 91 837 38 14, pero allí me dijeron que tenía que llamar al 902… esto debió darme una pista de la clase de chica con la que iba a hablar, y de que quizá su atención no iba a ser del todo sincera y desinteresada. Pero como yo sigo creyendo en la gente, llamé al 902.

Tras unos minutos de entretenimiento me pasaron por fin con la chica de Legálitas. Su voz era muy agradable, no voy a decir que tenía un tono cantarín, pero me la imaginaba guapa, educada y sonriente al otro lado de la línea. Eso me hizo pensar que todo iba a ser tan fácil como debería ser y que no habría ninguna pega, tan solo las gestiones y comprobaciones de rigor.

Después de todo, cualquiera que tenga un negocio o que haya trabajado para clientes sabe que las devoluciones son comunes y que mientras no te supongan ningún coste, es perfectamente natural y factible anular un pedido, un contrato o una suscripción. Y más fácil aún para Legálitas, supuestamente expertos en solucionar problemas mucho más gordos (ja).

Pero lo primero que me dijo la chica de Legálitas me dejó helado:
- Es imposible.
- ¡¿Imposible?! Pero si es muy fácil – dije, pensando que en realidad no me había entendido bien.

Poco a poco me fui dando cuenta de que con “imposible” lo que realmente quería decir era “no me da la gana”. La chica de Legálitas es así, que te dice las cosas de una manera más suave para intentar no herirte.

Pero como una cosa son las cosas del querer y otra cosa son las cosas del poder, y yo no quiero regalarles casi 20€/mes a cambio de nada, insistí: "¿cómo que no se puede?"

Entonces la chica de Legálitas utilizó la típica y conocida estrategia del reproche:

- Tenías que haberme avisado antes.
- ¿Quién lo ha dicho?
- Está en nuestro contrato.
- ¿Qué contrato?
- El que está en mi web…

No me lo podía creer. Le estaba diciendo que quería dejarlo porque no estaba contento con ella, y ella me contestaba que era imposible, que teníamos que seguir un año y que todo era CULPA MÍA por no haberla avisado con tiempo.

Yo estaba muy dolido y entonces le eché en cara ese tipo de cosas que se echan en cara cuando uno está dolido y que no hacen más que empeorar la situación:

- ¡Sí, será culpa mía, pero tú tampoco eres una santa!, porque ya sabías que no estaba a gusto y deberías haberme avisado – estaba enfadado y le solté todo lo que llevaba dentro – Desde que estamos juntos nunca me has enviado facturas, sólo me llamas para intentar sacarme más dinero, y lo de cargármelo directamente a la tarjeta para que no pueda devolver el recibo demuestra muy mala leche, ¡esto lo tenías planeado desde el principio!

Todo este tipo de cosas las fui diciendo sin darme cuenta de que estaba hablando con un 902 y de que la llamada la pagaba yo.

La chica de Legálitas siguió manejándome a su antojo: a veces se hacía la ofendida, otras intentaba hacerme sentir como un idiota, como si lo que le estuviese pidiendo fuese surrealista y yo haría el ridículo delante de todos nuestros amigos; a veces me doraba la píldora, e incluso llegó a regalarme un descuento sobre lo ya abonado (demostrándome así que no era IMPOSIBLE hacer una devolución).

Pero no movió un ápice su postura, que ahora, fríamente, la puedo resumir de la siguiente forma: “en algún sitio, lo suficientemente visible como para que quede constancia legal, está escrito que tienes que avisar con x tiempo de antelación. Cualquier otra consideración con respecto a las formas o la subida de precio te va a salir caro removerlo. Y como ya has pagado y el dinero es nuestro, te jodes y te aguantas. Legalmente tenemos la sartén por el mango (llama a Legálitas para que te echen una mano si quieres jajaja) y moralmente nos la trae al fresco que no quieras seguir con nosotros. Donde estén unos cuantos euros que se quite una persona contenta”.

La sensación con la que me quedé era la de que me estaba tomando el pelo. Como cuando en un bar de menú a 9€ te cobran 15 por la cerveza (lo pone en la letra pequeña, por la parte de atrás de una carta que está debajo de los periódicos de la barra). O como cuando tu hijo mayor le hace un amago de bofetada al pequeño, éste llora, y el mayor dice riéndose cínicamente “no le toqué”.

Sí, ya sé que el despiste legal es mío, pero no me avisas, no me envías factura… y sobre todo, si te estoy diciendo que no quiero seguir con lo nuestro, ¿por qué te empeñas?, ¿no ves que es una relación dañina?

Pero lo peor de todo es que todo eso me estaba pasando con ella, la chica de Legálitas, ¡mi chica de Legálitas!

Estoy seguro de que si mi chica se va a la calle (no te confíes reina, puede ser cualquier día) y monta su propio negocio, no sé, un pequeño restaurante rural en su pueblo o una tienda on line de productos caseros, su comportamiento será completamente diferente. Casi apostaría a que haría todo lo contrario y que sería de las que te avisa cuando pides de más, aunque ella salga perdiendo, o de las que te aconseja la mejor compra, aunque sea de menor cuantía.

Seguro que correría con los gastos de cualquier mal entendido, y el “la culpa es tuya” lo cambiará por “ha sido mi error”, incluso en los casos en los que el despiste es claramente del cliente y a ella le cueste dinero.

Seguro que ella es así y lo transmitiría con su propio negocio. En cambio, trabajando para terceros descarga la responsabilidad de su inmoralidad en la compañía y se va a casa tan pancha.

También me pregunto si la chica de Legálitas participa en otras actividades sin cobrar fuera del trabajo, o si tiene un blog y está muy orgullosa de hacerlo todo “desinteresadamente”; y si se siente éticamente por encima de los que andamos por ahí con nuestros negocios, a la pesca.

No lo estás reina, no lo estás ni de lejos.

En cuanto a sus jefes y accionistas, o quienes quiera que sean los responsables de contagiarle esta actitud tan miserable a la chica de Legálitas, sólo les deseo que todo el dinero del mundo que logren amasar no sea el suficiente para llenar otros vacíos en sus vidas, y que vivan con la tensión y el colesterol por las nubes.