9 abr. 2013

La fórmula de la felicidad es la misma que la de la infelicidad. Y francamente, eso despista.

Disfrutar de lo que tienes, ver las cosas por su lado positivo y sacarle partido a lo que te rodea. Así es la felicidad, una actitud, una habilidad que se entrena día a día. Y si no la entrenas, acabarás siendo infeliz tengas lo que tengas y estés dónde estés. Si tienes un yate disfrútalo, y si lo que tienes es una vecina con gallinas que te trae huevos de aldea, moja el pan feliz en su yema amarilla. Porque si no, acabarás echando de menos el yate que nunca tendrás, o hasta el culo de antidepresivos en tu yate, sin ni siquiera saber qué es lo que echas de menos, incluso pensando que pudiera ser una vecina que te traiga huevos de gallina de corral.

A veces basta con ser un poco realista: “en un Ferrari no iría tranquilo con tanto badén”, o “una mansión es demasiado fría y poco acogedora” o “seguro que Charlize no para por casa cuando está de rodaje”.

Hay que saber que todo tiene sus pros y sus contras, y que los unos son imposibles sin los otros y viceversa: “si tuviese un puesto más importante, quizá vería menos a los niños”, “si no tuviese un estómago tan delicado, seguramente sería obeso, o borracho, o un obeso borracho”, y “si fuese más alto no podría quitarme a las churris de encima”.

También es importante reconocer que nosotros mismos vamos dándole pistas al destino, por lo que muchas de las cosas importantes de nuestra vida, que parecen fruto del devenir natural de las cosas, están inconscientemente dirigidas por nosotros mismos.

Está claro, la fórmula de la felicidad tiene mucho que ver con el saber conformarse con lo que hay. Lo jodido es que la misma ecuación sirve para todo lo contrario. Mismos factores, misma operación, resultados opuestos:

Si te conformas con las cosas tal y como te llegan, si no te marcas objetivos ambiciosos en la vida y no luchas por hacer tu propio camino, acabarás hasta el gorro de todo, incluido de ti mismo. Si te dejas llevar para evitar problemas o disgustos, puede que al principio te sientas aliviado, pero acabarás siendo preso de tu propia desmotivación,  vigilado de cerca por la pereza y la apatía.

Conformarse con lo que hay es una trampa mortal. Un veneno que actúa lenta pero implacablemente hasta enfermarte de infelicidad irreversible.

Así que estoy hecho un lío, y muchos días me pregunto, “qué hago hoy, ¿me quedo felizmente en casa viendo la tele y disfrutando de la familia?, ¿dejo que las cosas vayan fluyendo, sin estresarme y confiando un poco en que todo irá como tiene que ir?, ¿o me echo a la calle?”.

Y nada, sólo eso.

2 comentarios:

  1. Te has salido un poco de tu tónica habitual (y no me estoy refiriendo que te hayas bebido una cerveza, o si...) pero la verdad es que me ha gustado conocer esta otra parte tuya más reflexiva.
    y ya, sin ñoñerias!

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    1. Gracias amigo, es curioso que lo veas así, yo no me había dado cuenta del cambio, será porque me concozco.

      A propósito, eres lo primero que he leído hoy, en http://www.mareafucsia.org/los-ladrones-estan-entre-nosotros/

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