Esta mañana pasaba por una carretera comarcal en coche y una
aldeana esperó para cruzar justo detrás de mí. Me entretuve en mirarla por el
espejo retrovisor y vi como se santiguaba mientras me seguía con la mirada.
No era el
santiguarse egoista del delantero que le pide a Dios un gol. Al
contrario, me pareció un santiguarse piadoso y compasivo. Un santiguarse tétrico. Y como lo hizo
mirándome me inquietó. Por un momento imaginé que podría tratarse de un gesto
premonitorio, como si ella supiese que poco más adelante iba a ocurrir algo
terrible. Por las mañanas aún no le tengo miedo a la muerte y no temí por mi vida, pero esa
carretera está plagada de ciclistas y a lo mejor mi destino era llevarme a uno
por delante.
El susto me duró dos curvas. Es lo que pasa siempre con
estos pensamientos tontos.
Unos cuantos kilómetros más adelante me encontré coches y
Guardia Civil invadiendo mi carril. ¡Coño, qué mala suerte! Justo ahora que me
falta el recibo del impuesto muncipal (me lo envían por Correo) y que tengo
caducada la ITV, precisamente por faltarme esa documentación. Me volví a inquietar, esta vez por motivos
mucho menos exotéricos.
Pero según me fui acercando, sin posibilidad ninguna de
darles esquinazo, me di cuenta de que no se trataba de un control. La policía estaba
custidiando un cuerpo tendido en la cuneta y cubierto por una sábana.
Resoplé, aún sigo preguntándome si por el impacto de ver un
cadáver o si por la tranquilidad de saber que no me iban a multar. Me inquieta
pensarlo.
El incidente me obligó a dar una vuelta larga y a volver a pasar por dónde había
cruzado la señora. Lógicamente no estaba (en su lugar había unas gallinas que no
pintan nada en el relato como tampoco pintaban nada en el arcén. Muy raro, probablemente se habían escapado).
Quizá esa mujer se santigua siempre al cruzar, como el
futbolista al tirar el penalti, y simplemente me siguió con la mirada de forma
intuitiva.
Pero quizá no, quizá simplemente se equivocó de coche.
Jolín neñu vaya historia leñe, superstición pura y dura, sólo te diré que me alegro que te parará los picolos y que no te cruzaras con ningun cicilista.
ResponderEliminarFeliz lunes
Me crucé con infinidad de ciclistas. Esa carreterina está plagada. Pero quizá yo iba con el pie un poco más levantado de lo normal, tras el susto de la persignación.
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