3 ene. 2013

Zurullo (escrito para Blog de Madre)

Imagen de Gabriel Corbera
No me gusta la mierda. Un momento, no me prejuzguéis. No se trata de un odio enfermizo con visos patológicos, nada que me impida hacer una vida aparentemente normal. Se trata más bien de una discreta animadversión, una incomodidad, un rechazo que trato de sobrellevar de la mejor manera posible.

A otros les pasa con Melendi y a mí me pasa con la mierda (y con Melendi).

Y aunque sé que lo que voy a decir os va a poner en mi contra, como humanos que sois, tengo que confesar que mi rechazo se centra y concentra en la mierda humana. Creedme, no tengo nada contra los humanos, es sólo que me da asco su caca.

Hecha esta confesión y esperando que no os sintáis discriminados, me lanzo al verdadero tema de este post: esta fobia desaparece casi por completo cuando se trata de la caca de mis hijos.

Parece mentira que unas simples pinceladas dibujadas por un extraño en la taza de una gasolinera me quiten las ganas hasta de metabolizar, y que en cambio pueda enfrentarme a diario y con total desparpajo al más escatológico de los festivales, cuando éste ha sido causado por uno de mis hijos.

Debe ser algo que está en el código genético, fruto de alguna mutación que hizo que los sujetos portadores se adaptaran mejor y por tanto se reprodujeran más. Hasta hoy.

Punto y aparte.

Así discurría plácidamente mi vida conviviendo con la mierda de mis niños como con una compañera más, sin temer ni imaginar que el azar, hasta entonces benévolo, me tenía preparada una durísima prueba.

Todo ocurrió un viernes en el que mi chica tuvo dos grandes ideas: invitar a un amigo del niño a pasar la tarde en casa; y salir de casa a hacer unos recados a IKEA (ella afirma que nada tenían que ver una idea con la otra, en cualquier caso y más allá de insinuaciones insidiosas, lo tengo que contar porque fue exactamente así y resulta trascendental para entender lo que ocurrió. Quizá el detalle de “IKEA” es sobredescriptivo y sobra; de acuerdo, dejémoslo en que se fue a hacer unos justos y necesarios recados y yo me quedé solo con los 2 críos).

La tarde transcurrió entre un continúo rumor de niños pidiéndome cosas, al que logré no hacer ni puñetero caso (en una demostración de autocontrol que mi chica envidia y detesta a partes iguales) hasta que una de sus exigencias consiguió sacarme de mi letargo. No fue un cansino “ponnos el DVD”, ni un inquietante “bajamos a la calle”, ni siquiera un alarmante “¿qué le pasa al cristal del iPad?”

Fue una sola palabra. Una palabra repetida de generación en generación y traspasada de padres a hijos como un ritual ancestral de comunión paterno filiar. Sólo que ésta vez quien la pronunciaba (y aquí está el quid de la cuestión) no era mi hijo:

-       ¡¡Acabeeeeé!!!

Tardé unos segundos en reaccionar y darme cuenta de lo que estaba ocurriendo.

-       ¡¡Ata: acabeeeé!!!

El niño no sólo estaba anunciándome la finalización de su tarea, ¡¡estaba reclamando el inicio de la mía!!

Un frío escalofrío (¿os he dicho ya que era frío?) me recorrió la espina dorsal. Me sentí solo, descolocado, desorientado, desarmado, desnudo, desprotegido, con unas ganas locas de huir, de dejarlo todo, de gritar, salir corrieeendo.
Caminé hacia el baño como un inocente camina hacia el garrote, con los pies por delante y la voluntad por detrás. Al fondo del pasillo me esperaba el chaval adoptando ya “esa postura”, tan sugerente en otros contextos; nunca imaginé que ante un tío con el culo en pompa el humillado fuera a ser yo.

Pero a veces hace falta que la vida te ponga al límite para que logres dar lo mejor de ti mismo y así fue como de mi boca salieron dos palabras mágicas que nos salvaron a mí y a él de vivir una incómoda relación que no nos correspondía y que probablemente nos marcaría de por vida:

-       Límpiate tú.

Eso fue todo.

Mi cerebro, sometido a una presión insoportable, fue capaz de procesar una ingente cantidad de información en cuestión de segundos y llegar a la conclusión de que si es compañero del cole, es porque va al cole, ¡y en el cole se limpian solos!

Sólo entonces recuperé el control y gracias a ello hoy puedo contarlo con la frente bien alta, y la conciencia y las manos bien limpias.

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