18 ago. 2013

El desenlace de mi idilio con la Chica de Legálitas

Hace unas semanas os hablaba de mi historia de amor-odio con La Chica de Legálitas. Aunque algún tontorrón no se enteró (ver los comentarios de los sabiondos de turno en Menéame), el post era una reflexión irónica sobre cómo muchas personas hacen suyos los valores de la empresa para la que trabajan, y defienden decisiones que probablemente les daría vergüenza defender si, por ejemplo, el negocio fuese suyo. Hay una especie de "descarga de responsabilidad" hacia la compañía, que yo mismo he sentido cuando trabajaba para multinacionales.

Evidentemente hay empresas con comportamientos sociales mejores y peores, pero al final, quienes dan forma a esos comportamientos son empleados normales como tú y como yo. Personas honestas y encantadoras que jamás engañarían a nadie en su vida privada, pero que no se lo plantean cuando tienen que vender unas preferentes dudosas (si trabajan en un banco), o distraer a un cliente estafado (si trabajan en el servicio de atención al cliente de una operadora de telefonía), o en diseñar ofertas engañosas y confusas (si como yo, trabajan en marketing). Trabajo bien hecho y conciencia tranquila. Ya está.

Inciso: Para quien no sepa de qué estoy hablando, hago un breve resumen de lo que me pasó con Legálitas: quería darme de baja pero se me pasó el plazo para comunicarlo. Cuando llegó el cargo a la tarjeta de crédito les llamé para pedirles por favor que lo cancelaran, que no quería seguir, que era mi error y pagaría el coste de la devolución (si lo hubiese), pero la chica con la que hablé se negó. Y no sólo se negó, sino que intentó hacerme comulgar con ruedas de molino, tratando de convencerme de que lo que pedía era imposible y poco menos que ridículo. Como si los demás no hubiéramos tenido que rectificar o anular pedidos, siempre que no hayan ocasionado perjuicios o haya visos de intento de estafa. En fin, que no le salió de los huevos y legalmente las tenía todas consigo.

En teoría, un comportamiento social elegante es bueno para la imagen de cualquier marca, aunque muchas veces es más fácil quitarse el muerto de encima, a sabiendas de que la cosa se va a quedar ahí. Pero la llegada de las redes sociales le han dado otra nueva dimensión al marketing y a las relaciones de las marcas con la sociedad, en cuanto que los clientes pueden quejarse públicamente con mucha mayor visibilidad.

¿Qué paso? Pues que alguien (no sé quién, lo juro) colgó mi post en Menéame bajo el sugerente titulo de El timo de Legálitas, y que después otro alguien a quién no tengo el gusto de conocer, nos mencionó a mí y a Legálitas en un tuit a colación del dichoso meneo.

Así, los responsables de RRSS de Legálitas se enteraron del caso y al final han terminado devolviéndome la cuota del año que viene. 

Desde aquí quiero dar las gracias a quién corresponda. No olvido que la causa de todo esto fue mi olvido, pero creo que éticamente Legálitas ha hecho lo que tenía que hacer. Gracias, insisto.

E invito también a cualquier empleado en general, y a los responsables de atención al cliente en particular, a que saquen algo en limpio de este caso. ¿Por qué esperar a que haya repercusión en las redes sociales para tener comportamientos elegantes?


2 comentarios:

  1. me alegro q el 2.0 haya servido para solucionarlo, pero no se debería de llegar a ese niveles...

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    1. Gracias amiga. Efectivamente, debería haber sido todo más sencillo. Pero no me quejo, al final han actuado con sensibilidad.

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