Recién llegado de Lanzarote. Una isla entregada al turismo. Turismo sosegado, respetuoso, nada agobiante, pero turismo al fin y al cabo.
Encontré lugares en los que el paisaje hostelero predominante era el del "Fish&Chips", "English breakfast" (a propósito, más de una vez estuve tentado de pedirlo como cena), el "Steak House", y todo tipo de anuncios, ofertas y propuestas para que británicos se sintireran como en casa.
Tratando de ponerme en su lugar, es como si yo viajo a un destino relativamente exótico para mí, pongamos Cancún, y cuando salgo a comer o cenar, me encuentro bulevares llenos de chigres y sidrerías, ofreciéndome "¡¡Tortos con picadillo y botella de sidra 4 €!!" o "El mejor pote asturiano del Caribe", y por supuesto, "pantalla grande para ver los partidos del Sporting". Raro, muy raro.
Tratando de ponerme en su lugar, es como si yo viajo a un destino relativamente exótico para mí, pongamos Cancún, y cuando salgo a comer o cenar, me encuentro bulevares llenos de chigres y sidrerías, ofreciéndome "¡¡Tortos con picadillo y botella de sidra 4 €!!" o "El mejor pote asturiano del Caribe", y por supuesto, "pantalla grande para ver los partidos del Sporting". Raro, muy raro.
De hecho, lo que suele ocurrir es lo contrario: que pretendan vender todo como exótico y autóctono, aunque huela a cartón piedra a kilómetros.
Pero se ve que funciona y que a los ingleses se les sacan los euros o las esterlinas dándoles lo que ellos pueden encontrar cualquier día del resto del año sin salir de casa, más barato, y seguramente mejor.
Allá ellos (dicho sea lo de "allá" en sentido estrictamente geográfico).

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