12 oct. 2011

El monte no es de todos (aunque debería)

Esta mañana paseando en bici me he vuelto a topar con un monte privado. Y sí, he dicho bien, un monte. No una finca más o menos ostentosa, con casoplón y piscina de ensueño. No, cuando digo monte es monte puro y duro, hectáreas de terreno cerrado y vallado.

No es la primera vez que una de estas propiedades me jode el recorrido y me cabrea, porque esto va más allá del derecho a la propiedad privada.

Puede que dicho monte sea propiedad de un humilde concejal de izquierda unida, que no tiene dinero siquiera para llevar a sus hijos a un concertado, y que unos vándalos lo han vallado para dañar su imagen.

O puede que sea propiedad de un pijo con títulos, heredada legítimamente gracias a que alguno de sus antepasados fue un cabronazo de armas tomar en la Edad Media. Uno de esos a los que se recibe con honores en los restaurantes, a los que se aplaude con devoción cuando se casan. Uno de esos que trabaja como cualquier ciudadano de a pie "gestionando el patrimonio familiar", uno de esos como el tonto del culo que salió la semana pasada en un reportaje sobre "nobles" en La Sexta o La Cuatro (no recuerdo) y que estaba en pleitos con su hermana, por culpa de una ley de igualdad de sexos que le otorga el título a la primogénita y no al primogénito.

Uno de esos que dentro de poco ya no va a tener que celebrar el 20N a escondidas, y que ya están dando palmas con las orejas.

Dentro de unos años, la herencia que enorgullezca a su propietario podrá tener su origen en un antepasado, "notable" consejero de una caja de ahorros.

Así que por culpa de uno o de otro, esta vez la cabra no pudo tirar al monte y tuve que ir por la vía de servicio, donde se consumó uno de mis mayores temores cada vez que voy en bici por asfalto: mientras me dajaba la vida en cada pedalada, un par de sexagenarios barrigones me pasaron como centellas, con una soltura y desfachatez que sólo les faltó ir leyendo el periódico.

Por eso reclamo que el monte debería ser de todos.

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